Una cita más.
Por Eduardo Medina
Nos amamos por las calles más ignoradas de la ciudad, siempre de noche o madrugada caminamos de la mano con un poco de alcohol en las venas. Las paredes y portones de extraños eran los testigos de aquellos besos y caricias acaloradas. Fueron así varias noches; hasta que hubo que despedirnos. Ninguno se pudo negar a decir adiós. No sé si fue a ti a quien le dolió más por las circunstancias, o fue a mí que no lo vi venir. Nos despedimos un mes antes de la despedida real; cada uno tenía que aprender a vivir sin el otro. Parecía tarea imposible, pero acordamos que era lo mejor, antes de realmente no vernos nunca más.
Sufrimiento, es la manera más sencilla en que puedo definir ese mes. Las lágrimas durante las noches fueron mi principal compañía. También estuvo el silencio quien irónicamente solo me escuchaba sollozar. Le pedí que se marchará con un poco de música, aunque hice una mala elección de escoger lo romántico y melancólico. Bastaron unos días para que le dejará regresar. Ya entonces aprendí a no llorar, aunque me seguía punzando el corazón. Al callar junto con él en la penumbra, me abrazó y consoló. Entonces comencé a dormir mejor, dejé de sentirme cansado en las mañanas; sin embargo, claro que estuviste en cada sueño, aunque no fue triste verte en ellos; pues viví nuestros mejores recuerdos de nuevo. Bueno, a veces no eran momentos vividos, sino más bien momentos extraños. Ya sabes que mis sueños se caracterizan por extravagancias; creo al final por eso te gustaba escucharlos. De hecho, una noche soñé que iba a la iglesia con mi familia, me llevaron a la fuerza. Lo peor es que me sentaron entre las primeras filas de la derecha. Creo que te conté que nunca me ha gustado sentarme al frente, no importa el lugar. Pasé un rato escuchando el sermón del padre; nada fuera de lo común… Hasta que te vi. Estabas en la primera fila de la izquierda, en la esquina derecha, lo curioso es que estabas sentada en una silla apartada de la larga butaca de madera, sentada en sentido contrario a todos. Cuando me viste sonreíste, yo hice lo mismo de vuelta; luego me miraste enojada, para después reírte un poco y comenzar a hacer muecas, eran caras graciosas que nunca te había visto hacer. Así pasé el resto de la obligación dominical alegre y sonriendo, gracias a ti. Lástima que despertase. Desperté llorando, aunque no era del todo tristeza, estaba feliz de tu paso en mi vida. Entendí que pese al tiempo que estuvimos juntos fuera limitado, era el mejor que había tenido. Fueron más sueños como ese que me hicieron seguir y prepararme para la despedida de verdad.
Los días se acercaron más y más a la fecha que habíamos acordado para vernos. Me sentía preparado cuando quedaba una semana en el calendario. El pensar en lo nuestro como la historia más bonita de amor, era buen reconfortante al adiós; dicen que las mejores historias tienen un final que recordar, ¿no? Pero, luego los días se redujeron a unos, y entonces sentí miedo. No podía definirlo o describirlo, es que temía por mil cosas a la vez; aunque todas convergían en solo una razón, y ya sabes cuál es. Traté de animarme con mis películas favoritas; pero eso me llevó a la esperanza de tener un final de cine donde todo sale bien y el público aplaude y llora de alegría, porque sus personajes favoritos terminaron juntos. Sentí bien al pensar en esa pequeña posibilidad de que las cosas pudieran cambiar. De que el destino dijera “sabes, no quiero que esta sea la historia más bonita de amor… quitemos el final para recordar y dejemos algo más cliché, donde el amor triunfe al final”. Y ese era el problema, por solo unos minutos se sentía real.
Llego el día. La cita era en el bar que marcamos como favorito. Llegué unas horas antes de lo previsto, pensé en beber unas copas e imaginarme las posibles situaciones para estar aún mejor preparado. Pero la idea no funcionó, al entrar te alcancé a ver, apenas sentándote en la barra, supuse pensaste lo mismo; nunca me había molestado antes coincidir sin decir nada. Me acerqué con paso tembloroso y me senté a dos espacios de ti… Me miraste con esa sonrisa falsa que siempre espera a que diga algo ingenioso y tonto que te haga reír cuando estas sintiéndote mal; pero, solo pude preguntar si querías beber, y dijiste que sí. Bebimos varios tragos sin dibujar palabras más allá de aquellas que pedían una ronda más; entonces, te vi llorar, lágrimas pequeñas que tratabas de encarcelar. Fue cuando te dije, “yo también lloro cuando recuerdo una película triste”; fue lo más ingenioso y tonto que pude formular, no lo mejor que he dicho, pero aun así te hizo reír un segundo. Por fin me acerqué a ti, tome una servilleta y te limpie las mejillas brillosas. Una pequeña sonrisa se fermentó en ambos. Trate de hablarte evadiendo los obstáculos de mencionar cualquier palabra que delatará la realidad de la última cita. Era difícil, pues siempre mi mente me mostraba a ambos caminando en distintas direcciones al final de la noche; así que decidí pretender. Pretendí que era la primera noche en que te conocí y me enamoré de ti; sabía que lo entenderías y pretenderías lo mismo. Así fue, y con las copas ya entradas terminamos en la pista de baile, pidiendo una y otra vez nuestras canciones románticas preferidas. Yo prefería las lentas en que apenas se notará que éramos dos personas; tú en cambio pedías aquellas que nos hicieran girar y recorrer toda la pista en líneas difíciles de trazar; te gustaban mucho porque con ellas creías presumir nuestro amor. Lo curioso es que esta última noche de baile ambos pedimos las del otro. Y así seguimos bailando, en un bar cada vez menos abarrotado con música que comenzaba a ser la misma, pero eso no importaba. Bailamos incluso sin canciones sonando. Fue hasta que el dueño se nos acercó y con voz temblorosa nos decía que había ya que cerrar. Fueron tantas las noches en este bar, que de algún modo siempre fue testigo de nuestra relación, y también sabía que era el final.
Salimos del bar tambaleando. Esperamos fuera nuestros taxis sin dejar de mirarnos fijamente a los ojos, mientras los pequeños lagos se formaban dentro. Era irresponsable y peligroso caminar hasta nuestras casas, pero así decidimos hacerlo de último momento cuando a lo lejos las luces del primer taxi aparecieron. Nos perdimos en el camino, o tal vez lo hicimos a propósito; no he decidido aún que es más romántico para recordarte. Eran calles nuevas, como nos gustaban. Así que buscamos el portón más grande y bonito de todos. Tardamos un poco para dar con él, hasta que apareció aquel portón de metal rojo brillante, adornado de líneas curvas y remaches color plata. Allí compartimos nuestro último beso, el más largo de todos. Al separar nuestros labios, y recargar nuestras cabezas frente a frente, fue cuando comencé a llorar profundamente. Me abrazaste y nos dejamos caer al suelo arrastrando la espalda contra la barda metálica. Yacimos allí más de una hora, sin decir nada, solo eran miradas y caricias que secaban mejillas. Esperaba que todo ese tiempo fuera solo un largo y amargo sueño que olvidaría una vez despertarás a mi lado bajo las mismas sabanas. Y Desperté… desperté en el sofá, solo con un dolor de cabeza y un vacío en el corazón. Me levanté y dirigí a la cama todavía borracho, esperando verte allí; pero no vi rastro alguno, estaba como la había dejado al salir. El apartamento se veía más grande, si bien te habías llevado tus cosas un mes atrás, era apenas este momento en el que sentía hecho que ya no volverías. Me sentía extraño, no podía decir que fuera tristeza, pero tampoco podía decir que no lo fuera. Creo era un nuevo y más profundo tipo de soledad y vacío. Al final creo que por eso escribí esta carta, que desgraciadamente no podrás leer. Al final el sueño no fue el mes sin ti, ni la noche de ayer. El sueño fue tenerte todo antes del adiós y la realidad fue una cita más.
FIN
© Una cita más, Eduardo Medina, 2025. Todos los derechos reservados.
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